Friday, June 03, 2005

Carta a un desconocido

Del pecho polvoriento de mi patria
me llevaron sin habla
hasta la lluvia de la Araucanía.
Las tablas de la casa
olían a bosque, a selva pura.
Desde entonces mi amor
fue maderero
y lo que toco se convierte en bosque.
Neftalí Reyes


Estimado Dante, siéndole sincero aún no sé por qué escribo esta carta. Quizá sea para drenar el misterio que me abotarga en esta soledad. Desde niño se me inculcó la maravillosa y vital costumbre de la lectura, así que siempre me ven leyendo, juzgándome de solitario, de inmensamente solitario. En los momentos más calurosos, cuando la soledad acostumbra tornarse insoportable por el ruido agudo de los mosquitos y el sudor que arrastra recuerdos, una novela incierta, un cuento áspero, un poema intenso, triste, siempre me han ayudado a sobrellevar lo insoportable del tiempo.

Mi abuelo, el padre con el que viví desde pequeño, se marchó un veinticuatro de abril a seguir con su existencia en un lugar del que tanto hablaba, al que no se puede llegar con un oropel de equipaje, como suponía que era el cuerpo en ambientes cenizos y etéreos. Desde ese día disfruto de su compañía. No porque ande de aparecido cuando los calores abruman, o cuando los aguaceros torrenciales no dejan en las nubes ni una pizca de cielo. Lo digo porque siento su presencia en las buenas costumbres que me heredó. Y una de ellas, como lo mencioné, es la lectura. Lo único extraño de todo esto (me refiero a su partida) es el estado de inquietud y sobresalto que me embarga cuando necesito comentar sobre un libro, y la necesidad de escribir que recién se pegó en lo diminuto de este ser, en lo poco que abarco en este planeta.

Soy técnico con una especialidad en hidráulica, trabajo en la petrolera, en la misma que usted ha de creer que trabaja su hermano.

Anoche él estuvo frente al comedor de la compañía, sentado en una de las cuatro bancas del pequeño jardín, cubierto de miles de estrellas que se pierden en el horizonte de esta selva tropical, pulmón del mundo, así lo he leído en algunas revistas. Lo creo, y por eso no sólo amo este trabajo, sino también lo odio. Pero habría que tener demasiada fuerza para tomar una decisión tan complicada, y yo carezco de ella, así que por el momento no lo puedo dejar.

A estas alturas usted estará preguntándose por qué este individuo le escribe para contarle estas cosas. Le pido de favor no se desespere, en algún momento lo revelaré.

Una selva como esta (si es que hay otra en el mundo) está atiborrada de misterios y leyendas que hacen de las noches espacios de tiempo enteramente cortos entre sonidos de animales, viento y quien sabe cuanta cosa desconocida.

En un lugar muy lejos de acá, dentro de la selva que desde el cielo parece impenetrable, hay una laguna. Cuentan los indígenas de una vereda donde los trazos del hombre han quedado ensartados en los troncos, y haciendo no sé que rituales y bañándose en no sé que sangre se llega después de algunos días a un claro en la orilla, donde no crecen arbustos ni árboles. Dice la historia que en el fondo vive un ser mutante, de apariencia fantasmal transfigura a la más bella de toda la tierra. Y que la desdichada persona que lo vea, será un animal sin raciocinio por el resto que le quede.

Sé que esto no le ha de causar susto, por el contrario, en este momento la impaciencia y la cólera le han de tener con una bravura de toro. Por favor no rompa la carta, lo que hay en ella es nada más que la verdad.

Hace un mes su hermano Biblián emprendió la aventura de llegar hasta aquel lugar. Cerrado el trato con el hombre más estafador de estos pueblos, andaba tan seguro de que aquel le conseguiría al guía más certero de toda la región. Convencido que era un tramo corto, aseguraba con la cruz de los dedos en la boca, que de caminar un día no pasaría la cosa. Pero el guía, desorientado por los gritos de los monos aulladores y las flores parásitas que no estaban donde siempre habían crecido, perdió el rumbo tres días. Al cabo de ese tiempo estaban aquí, contando lo que yo le acabo de contar. De eso hace ya un mes. Su hermano, Biblián, hará unos cuatro días que regresó. Y como llegó ha permanecido este tiempo; cayado, caminando con la mirada en los pasos, no cuenta nada, se lleva la comida al jardín, y yo no creí nada cuando me contaron que la enterraba, pero los montoncitos de tierra son inevitables. Ahora es un hombre solitario. Él sí es un hombre solitario.

El martes cenó en el comedor. Se impacientó cuando me senté en su mesa, pero en el plato no dejó nada. Al terminar lo seguí. Dio barias vueltas a la banca, luego se sentó. Hice lo mismo. «¿Qué le pasa?», pregunté, y respondió algo de una sublevación de cerotoninas. Luego se marchó sin decir nada. En el corredor se desmayó. Media hora después un temblor extraño sacudió la tierra, y su hermano, mi estimado Dante, aulló igual que los perros flacos que viven en las calles, con una tristeza que aterrorizaba más que la fiereza bruta de esos animales. No se lo crea, pero su hermano parece estar convirtiéndose en una bestia de cuatro patas que camina en dos, y cuando habla le ronronea la garganta. Dante, querido amigo, sé que llegar hasta aquí le acarrearía, además de los gastos, muchos problemas. Tómelo, si así lo desea, como un desahogo de mi parte, pero su hermano a tenido por la fuerza relaciones con una cabra, y ayer lo vieron devorando una gallina, por la tarde llegó embarrado de una pasta rojiza, con plumas y moscas. No piense que estoy desquiciado, cada línea de esta carta es nada más la verdad.