Monday, May 30, 2005

Mujer con cinta roja

Esta historia es así, como muchas otras.

Sumergido en líneas gastadas, continuaba en una pagina amarillenta y pastosa. Palmo a palmo la tarde se iba descorriendo y, entre la botella de tinto chileno y ese libro que hacía rato no cambiaba, la tarde se le fue haciendo oscura. Las cortinas conservaban la posición diurna. Afuera, frente a la alberca, dos muchachas charlaban jugueteando. «Quinceañeras», pensó, observando un rato, escondido detrás de la cortina. En ellas encontró una historia que le pareció interesantísima, supuso que hablaban de los primeros amores, y que estos, ahora, estarían a miles de kilómetros emborrachándose en una discoteca. «Así somos. Y las mujeres siempre se ponen sensibles el primer día de vacaciones... Ya lo olvidaran.» Sintió como la realidad lo arrastraba a pensar cosas que no quería. La historia ya no era la misma. El impulso de cerrar la cortina a jalones lo sacó del estado hipnótico en que había caído. Las muchachas lo descubrieron desde que tomó esa posición. Todo el tiempo se habían reído de él, no de los amores que se emborrachaban en las discotecas con otras muchachas sentadas en las piernas, como él se los imaginaba.

De regreso, ya sobre las líneas, decidió leer la página por última vez.

En la botella no quedaban más que un par de copas. Pero en el resto de la semana no podía darse el lujo de otro día igual, quince dólares era una cantidad estratosférica para gastarse en una borrachera. En su país bastaba con uno para sentarse toda una tarde. De salida en el aeropuerto alguien le obsequió una bolsa de café molido y dos habanos del tamaño de un cigarrillo. No fumaba, pero entre sentarse a cambiar indefinidamente los canales de televisión y fumar en el balcón, se decidió por lo segundo.

Una hora después aturdido por el humo espeso y la altura del balcón, regresó por el libro. Colocó el extremo absurdo del separador entre los dedos apestosos a tabaco. Se quedó así, pensando. Ya había leído esa pagina repetidas veces en esos días, y el temor que le causaba la sensación de encontrar algo que aún no terminaba de comprender, lo llevó desembocadamente a tropezar la centésima vez con la misma pagina, 268. Abierto el libro, adquirió en el extremo de la silla una posición poco usual. Acercó la lámpara. Pensó limpiar los anteojos, pero supuso que hacerlo era darse tiempo para reflexionar. «Voy de nuevo», dijo, y empezó:

Del capitulo último de esta sección

Una mujer lleva una cinta roja en la cabeza. La veo por el visor. Está intentando abrir la puerta. Sé que no podrá, y sin embargo me altero. Lleva lentes y murmura algo sobre una lucecita roja. Regreso al escritorio, tomo el libro que leía en el momento que la mujer apareció. Ella insiste. Regreso a la puerta, llevo el libro en la mano. Ahora, alguien le pregunta sobre su color favorito. Sin contestar se desvanece poco a poco. Después la oigo llorar. Abro el libro, cae una cinta roja que usé como separador...

Al fondo del pasillo, de rojo, una sombra que ya no es de nadie desaparece.

1 Comments:

Blogger Harold Cardona Muñoz said...

Que paso chero!!!
Ya he entrado muchas veces y nada nuevo... entre premios y entrevistas... todos preferimos un cigarro en un balcon, saludos con esperanza de nuevas lecturas

haroldinho

3:25 PM  

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